Durante mucho tiempo pensé que mi vida iba a seguir un plan bastante claro.
Yo tenía tiempos, ideas, sueños y una versión muy específica de cómo se iban a acomodar las cosas: casarme a cierta edad, formar una familia, tener a mis hijos en ciertos momentos y ver cómo esa parte de mi vida fluía como siempre la imaginé.
Pero la realidad tenía otros planes.
Lo que yo no sabía era que mi camino hacia la maternidad no iba a ser tan simple. Que iba a atravesar diagnósticos, tratamientos, incertidumbre, miedo, desgaste emocional y una pérdida gestacional que marcaría mi historia para siempre.
Y aunque hoy puedo hablar de esto con más claridad —y buscando acompañar a otras mujeres en sus procesos—, vivirlo fue otra cosa.
Porque cuando entras al mundo de la fertilidad, desde fuera pareciera que todo gira alrededor de estudios, citas, hormonas, procedimientos y fechas.
Pero va mucho más allá de eso: se mueven muchísimas cosas por dentro.
Todo lo que no se ve:
Las conversaciones mentales que tienes contigo todo el tiempo.
El miedo con el que te acuestas.
Lo que se rompe cuando la vida no se parece a la que imaginaste.
Yo estudié Psicología, y aun así hubo momentos en los que me sentí completamente rebasada. Porque una cosa es tener herramientas, y otra muy distinta es estar viviendo en carne propia un proceso que te confronta con tu cuerpo, con tus expectativas, con tu paciencia y con tu historia.
Una de las cosas que más me dolió fue darme cuenta de lo sola que puede sentirse esta experiencia. Sí, había información médica. Sí, había protocolos. Sí, había explicaciones clínicas. Pero no encontraba a alguien que hablara de esto desde la realidad. Desde lo que conlleva. Desde lo que se siente. Desde el duelo, la frustración, la espera, el enojo, la esperanza y el agotamiento emocional que también forman parte del camino.
Y ahí entendí algo importante: no basta con saber qué está pasando en tu cuerpo. También necesitas sostener lo que está pasando en tu corazón.
En medio de todo esto, hubo algo que también me invitó a reflexionar profundamente: mi matrimonio.
Un proceso de fertilidad no solo te mueve a ti. También toca a la pareja, la comunicación, los silencios, las expectativas y la manera en la que caminan juntos en medio de algo que duele.
Y si algo aprendí, es que no se trata de soltarse en el proceso, sino de hacer un esfuerzo consciente por encontrarse una y otra vez. Por recordar que, en medio del caos, tu pareja puede seguir siendo tu roca.
No porque todo sea perfecto.
No porque no haya miedo.
No porque no existan momentos difíciles.
Sino porque decidir caminar esto juntos también puede convertirse en una forma de amor profundamente poderosa.
Y así nació Proyecto Estrella.
Nació de todo lo que me hizo falta encontrar.
De la necesidad de sentirme acompañada desde un lugar honesto y real.
De poner en palabras eso que tantas mujeres viven en silencio.
Y de crear un espacio donde hablar de fertilidad, pérdida gestacional y maternidad también incluyera lo emocional.
Porque eso también importa.
Porque eso también duele.
Porque eso también necesita ser acompañado.
3 cosas que me ayudaron en mi camino
1. Saber que estaba bien pedir ayuda
Hubo momentos en los que quise poder con todo, pero este proceso también me enseñó que dejarme acompañar era parte del camino.
2. Volver una y otra vez a las herramientas que sí me sostenían
Escribir, hablar, llorar, respirar, caminar, meditar, correr, hacer pausas. No se trataba de hacerlo perfecto, sino de encontrar pequeñas formas de regresar a mí.
3. Cuidar mi relación de pareja en medio del proceso
No siempre fue fácil, pero recordar por qué lo estábamos haciendo cambió mucho.
Entender que nosotros éramos el “pastel” y que los hijos serían la decoración me ayudó a volver a lo importante.
Si estás viviendo algo parecido, quiero que sepas algo: no estás sola.
Proyecto Estrella nació para acompañarte desde un lugar honesto, amoroso y real.